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El blog de viajes by Chapka

¿Paraguay?

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«Paraguay no es un país muy interesante», escuchamos a menudo, pero también que no hay nada que visitar, que no está muy bien preparado, que no tiene gran cosa… Como si todo ello justificara al viajero que lo esquiva, hace como que no existe o, simplemente, cruza sus lindes a todo correr, camino de un país «más atractivo».

Imágenes y texto por Juancar y Rosalía del blog Ver, oír y viajar

Muchos dicen de Paraguay que es un país pequeño. Sin embargo, sus poco más de 400.000 km2 harían de él uno de los países más grandes de Europa. Simplemente, lo que le ocurre es que sus vecinos son gigantes… Las aguas del río Paraguay rompen su territorio en dos fragmentos antagonistas. De un lado, al este, las fértiles y ricas tierras coloradas contrastan con el árido y crudo Chaco boreal, al oeste.

Y es que por mucho que a muchos no les resulte atrayente, Paraguay es el país de los arroyos que son realmente grandes ríos y de los ríos tan inmensos que parecen mares: el Paraná, el Paraguay, el Pilcomayo, el Negro… Paraguay es una tierra que sin besar el océano, sale navegando hasta abrazarlo. Esa misma tierra en la que brotan quebrachos y lapachos, donde busca el cielo el palo santo, y donde lucen sus vigorosas maderas el árbol rojo y el árbol piedra.

Es la tierra en la que los hombres aún conocen las propiedades de cada planta, y donde se valen de estas para derrotar enfermedades: «yuyitos» ofrecidos por la Madre Tierra e ingeridos a diario junto al tereré. Paraguay es la cuna de la yerba mate. Durante siglos, los indígenas guaraníes obtuvieron de sus bosques las hojas del Ilex paraguariensis con las que preparaban sus infusiones originarias.

Porque, en efecto, Paraguay es guaraní: el único país de su entorno que mantiene como oficial una de sus lenguas precolombinas. Y, al mismo tiempo, sobre sus suelos se propagan colonias de todo origen y condición: brasileñas, alemanas, japonesas, ucranianas o canadienses —los famosos menonitas—. De sus siete millones de almas, el dos por ciento son aborígenes: las profundas espesuras del Chaco refugian al pueblo ayoreo-totobiegosode, los últimos humanos no contactados en Sudamérica —fuera del Amazonas—.

Paraguay es el país de las hamacas, de las personas sentadas a la puerta de casa, del descansar a la sombra y cebar la guampa, del observar la vida pasar y del charlar de todo y de nada. Es el país del «despaciiito, no más…». Allí, donde la sopa es un bizcocho salado y el cocido una infusión. Donde borbotea siempre lo mismo en todo puchero —leche, mandioca, queso, manteca, carne y almidón de maíz—, pero, mágicamente, siempre termina resultando una delicia diferente: chipas, milanesas, empanadas, mbejú, marineras, vorivori… Y es que Paraguay, entre muchas cosas, es comida por doquier. Una tierra agradecida en la que la fruta engorda al alcance de la mano: mangos, aguacates, mandarinas, guayabas, papayas, pomelos, toronjos y naranjas se caen —literalmente— de los árboles.

Una tierra en la que las manos generosas de la Naturaleza labraron su obra hermosa en las riberas del Paraná y el Paraguay, en los saltos del Ñacunday y el Monday, en las selvas húmedas de las Reservas de Mbaracayú y San Rafael, en las remotas y hostiles faldas del Cerro León, en su porción del Gran Pantanal…

paraguay

Sin embargo, Paraguay es también el país de la extrema desigualdad y la corrupción descontrolada. Poder y dinero —dinero y poder— se concentran en las manos de una élite latifundista y oligopólica que se nutre de su rica tierra. He aquí el país con el mayor nivel de desigualdad en el reparto de tierras del mundo —índice GINI de más del 0.93 en 2008—.

No hace tanto que extensas selvas virginales de Bosque Atlántico vestían una gran parte de los suelos paraguayos. Un ecosistema único en el planeta del que, sin embargo, hoy resta apenas un siete por ciento. Entre sus árboles centenarios que rayaban los cielos se escurrían innumerables arroyos y ríos, de aguas tan alegres como cristalinas. No hace tanto que junto a sus —ya desaparecidos— saltos de agua cantaba su —casi extinto— pájaro campana, ni que los pumas y jaguares que escondían sus espesuras tenían garantizados alimento y supervivencia.

paraguay

Tampoco hace tanto que el oso hormiguero gigante, el armadillo o el tapir pisaban a sus anchas las tierras del inhóspito Chaco boreal. Convivían equilibrados con los pocos humanos que lograron adaptarse a las asperezas de una de las regiones más áridas del planeta: ayoreos, yshyr, manjuís, maskoy, nivacles o emoks (entre otros)… Sin embargo, el territorio agoniza ahora mismo. Paraguay es uno de los países con mayor tasa de deforestación del mundo y el gran Chaco se muere sin remedio. Bajo las miradas cómplices de un puñado de políticos corruptos, sus bosques arden para renacer convertidos en estancias ganaderas descomunales. Casi todas en manos de corporaciones extranjeras. Por todo el país, selvas vírgenes convertidas en inmensos bosques de soja («el desierto verde»), de trigo y de maíz, de pastos… de marihuana.

Una tierra de increíble diversidad cultural, pero en la que diecinueve pueblos indígenas —unas setecientas mil comunidades, aproximadamente— luchan en extrema desigualdad por tratar de mantener sus tierras, su cultura y su forma de vida ancestral. Achés, ayoreo, maskoy o toba qom son ejemplos de expulsión masiva y violenta de sus tierras… de persecución y violación de derechos humanos. Un país de gentes humildes, alejado de la escena internacional, donde políticos y grupos empresariales se valen de la ignorancia social generalizada para manipular la información y el dinero (en 2018, el país ocupaba el puesto 132 —de un total de 180— en el Índice de Percepción de la Corrupción).

Brillos y negruras… Será precisamente en todo ello, en sus cales y sus arenas, donde quizá resida el verdadero interés de adentrarse en sus lindes. Un lugar genuino sin los maquillajes del turismo. Donde al de fuera no le faltan conversaciones desinteresadas, y donde se le ofrece un plato de día y una cama de noche. Y es que Paraguay es el corazón de Sudamérica. Y no porque se encuentre en su mismo centro, sino porque su gente —su amabilidad, cariño y hospitalidad— bombean la buena energía a todos los rincones del subcontinente.

Una tierra que no es perfecta y que luce tan brillante como apagada. Pero una tierra en la que aprender mucho, en la que tratar de conocer mejor nuestro mundo. Pues Paraguay, al fin y al cabo, no es más que eso, otro pequeño pedazo más de nuestro mundo. Un pedazo más que, por tanto, no puede desdeñar aquel que realmente busca comprender.

¿Paraguay? ¡Jaha!1

1«Vamos» en guaraní.

1 comentario

Oñate
Oñate

27 octubre 2019

Gracias por enseñarnos algo más del mundo y por llevarnos en vuestra mochila

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